• El cementerio de Frailes

    El cementerio de Frailes

    La mejor manera de conocer el espíritu de un pueblo es visitar sus cementerios. Esa frase fue pronunciada por el poeta Rafael de Cózar, en una conferencia en el Paraninfo de la Universidad de Sevilla. Y siguió. “Siempre que voy a una ciudad, siempre que visito un país que no conozco, me dirijo a sus camposantos, porque hay culturas apolíneas, y otras dionisiacas, y eso queda dicho en los cementerios, porque la manera de entender la muerte explica mucho más sobre cómo las naciones celebran la vida, que la vida misma”. Ningún museo dice tanto de una cultura como un cementerio, porque en los cementerios se expone el más alto tesoro: las personas.

    Rafael de Cózar falleció recientemente tras declararse un incendio en su vivienda. Perdió la vida porque trató de salvar sus volúmenes más preciados. En lugar de ponerse a salvo, optó por conservar sus libros. Y murió así. Ejemplificando su propia teoría. El propio final de las personas demuestra la manera en la que se ha vivido. Porque somos de un lugar, pero no de origen, sino de destino.

    Si los cementerios norteamericanos están señalizados con sistemas de ejes cartesianos, y en México confluyen las flores, la comida y las lápidas, ¿qué demuestra el cementerio de Frailes de nuestro pueblo? Lo que justifica esta memoria que presentamos es precisamente su carácter simbólico. Nuestro cementerio siempre está abierto. Y eso demuestra, precisamente, el modo de vivir y de sentir de un pueblo. Carece de horario de apertura porque los fraileros somos personas abiertas, cercanas, dispuestas para todo, en todo momento.

    Del mismo modo, el respeto. En el margen izquierdo del río de las Cuevas, descansan los restos de personas de diferentes ideologías y creencias. Ya sea la tumba del hijo de Custodio Pérez o de las familias Medina, Valverde o Castro, el pueblo respeta (y representa) por igual a todos sus difuntos. Conectan en la misma tierra las simientes que reconcilian las heridas abiertas de la historia. “La gente solo muere cuando se la olvida”, dijo Isabel Allende, y refleja que en cualquier recuerdo fúnebre las ideologías se desdibujan, pues todo queda sepultado por el mismo cielo.

    Tras pasar la inscripción que da la bienvenida al recinto, y que evoca el primer lustro de los años treinta, un camino central introduce una variable de pendiente. A ambos lados, se reparten las inscripciones y los recuerdos, los ecos de un pasado colectivo, desde figuras como la del Deán de la Catedral de Madrid. A su lado, los cipreses. Enhiesto surtidor de sombra y sueño. Valores como la angustia y como la inmortalidad, sentimientos humanos, y universales. Tamizados desde la iconografía cristiana, alcanzan en Frailes una significatividad universal.

    Nos encontramos en la calle Carboneras. La encina del escudo de Frailes conecta con el carbón, del mismo modo en el que los tejidos vivos devienen en las cenizas. Porque todo es cíclico, como las mareas, presentes en el escudo a través de las olas, como los giros lunares, y como la existencia misma. ¿Por qué reivindicamos el cementerio? Porque descansa en él nuestro corazón, el alma misma de nuestro pueblo. Porque actúa como lugar de recogimiento, amparando nuestro dolor, convirtiéndolo en esperanza, porque en él han compartido lágrimas diversas generaciones, dándole un sentido colectivo al duelo individual.

    No debe perderse de vista que es nuestra localidad un canto infinito a la naturaleza. En nuestro lema, en la esencia misma de nuestras calles, se encierra la pasión misma por el paraje que nos concita. ¿Qué lugar mejor para el recogimiento que aquel que descansa en la raíz misma de la naturaleza?

    Desde los ecos alfaquíes del mismísimo Abu l-Hasan Alí b. Ismail, pasando por los usos afrancesados, al albur del crecimiento posterior de la ganadería y de la rica y variada agricultura de la comarca, en todo momento las cruces blancas, las losas firmes, las inscripciones que mezclan el recuerdo y la melancolía, recogen la identidad de los oriundos y de los viajeros. Se encierran fuegos nuevos en la mirada de los jóvenes, de las generaciones nuevas, de todos los estudiantes universitarios, de todo aquel que siente a Frailes en su interior, desde donde ha crecido, y hacia donde regresa, con la mirada nueva de la primavera.

    Por ende, ¿por qué realizamos esta apuesta por el cementerio de Frailes? Porque es un símbolo, porque dice de nosotros más de lo que nuestras palabras pueden trasmitir. Porque resulta un tributo a las personas, y un atributo de nobles ideales, que yacen bajo su disposición. Porque la luna brilla diferente entre los cipreses, y se queda anclada, sin querer marcharse, como dijo el poeta. Elegimos el cementerio porque mezcla lo natural, lo físico y lo espiritual, porque recoge las verdades mismas de nuestro escudo.

    Hacemos esta apuesta porque supone apostar por la vida, que es la muerte. Como dijo Borges, en suma, “la muerte es una vida vivida. La vida es una muerte que viene”.

     

     

     

     

  • …A echar garbanzos

    …A echar garbanzos

    Planta herbácea con tallo de 4 ó 5 decímetros de altura, duro  y ramoso; hojas compuestas de hojuelas elípticas y aserradas por el margen; flores blancas axilares y pedunculadas, y fruto de vaina inflada pelosa, con una o dos semillas amarillentas, de un centímetro aproximadamente de diámetro, gibosas y  un ápice encorvado.

    Esta ampulosa entrada, como ya habrán adivinado, corresponde a la definición de la humilde, hosca y salitrosa planta del garbanzo…Y se preguntarán qué tienen que ver los garbanzos con la villa de Frailes?  He aquí la cuestión.

    Frailes fue a finales del siglo XIX y buena parte del siglo XX, una potencia en la producción de garbanzos, y no sólo eso, si no que lo era porque estas legumbres eran las mejores de Andalucía.

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    No estamos de broma ni hemos sacado a pasear el orgullo frailero, las crónicas, desde que disfrutamos de independencia como pueblo, así lo atestiguan.

    Ya Pascual Madoz en su Diccionario de 1850 decía que la producción agrícola de Frailes se basaba en trigo, cebada, maíz, haba, centeno, yeros, guijas, lentejas, habichuelas y garbanzos.  En esta época ya comerciábamos con trigo, cebada y garbanzos con Málaga y Granada, pero con los garbanzos que nos sobraban, una vez en la cámara quedaban almacenadas las raciones para echar el invierno, claro está.

    En las enciclopedias del entre siglos descubrimos que en el año 1884 la principal producción era de trigo y cebada y que en Frailes ya se producían los mejores garbanzos de toda Andalucía. El secreto de su calidad no está determinado, es más bien una conjunción de circunstancias: el clima, la tierra y, especialmente, que eran de secano, de escasas proporciones, aunque también se valoraban los gordos.

    En la Espasa que se publicó a inicios del siglo XX se destaca ya la producción de los afamados garbanzos y se suma a nuestras delicias alimenticias el aceite.

    Antonio Guardia Castellano, en su libro Leyendas y notas para la historia de Alcalá la Real publicado en 1913, dice que entre la amplia producción de cereales y semillas destacan de Frailes sus garbanzos muy apreciados por su excelente calidad y suma la producción de jamones, que ya se habían  abierto paso en las mesas de las provincias limítrofes.

    El cultivo del garbanzo estaba rodeado de un mar de dificultades: el terreno en repecho, polvoriento, se echaba la semilla en surcos de arado de yuntas, había que limpiarlo de maleza y plagas varias veces antes de la recogida. Tarea, ésta, penosa en manos de mujeres que doblaban la espalda antes del amanecer para esquivar el sol abrasador potenciado por el picor del salitre en contacto con el sudor de las braceras. Las manos acababan sangrantes y atenazados los dedos.

    Aun así, hemos disfrutado de casi un siglo en el que la base de la alimentación de muchas casas han sido los garbanzos, que a tenor de la imaginación y pericia del cocinero, han alegrado muchas mesas cuando no había mucho de qué alegrarse.

    ¿Quién no recuerda el aroma de una buena olla de garbanzos haciéndose a fuego lento en un sonoro cloc, cloc con sus huesos de espinazo, costillas, tocino, morcilla y un trozo de calabaza o unas vainas de habichuelas verdes, según  la época del año.

    ¿Quién no contempló por la mañana los garbanzos que se salían del cacharro en el que estaban en agua desde la noche anterior? Ya presagiaban el contundente manjar que se avecinaba para el almuerzo. ¿Quién no recuerda el obligado trueque de garbanzos crudos por “garbanzos tostaos”, blancos-inmaculados con su capa de “yeso” que distraían la tarde de paseo o al amor de la lumbre?

    En otras latitudes donde llegaron nuestros garbanzos fueron aviados con bacalao, con cardos, cardillos o tagarninas, con langostinos en Cádiz…unnnnnn, los cocinaron revueltos con judías y los llamaron potaje,  los hicieron en puchero, en blanco, y cocido, en rojo-pimentón y, en un amplio universo de sabores hasta llegar al otro lado del Atlántico donde la fainá, hecha con masa de harina de garbanzos, es plato nacional.

    …Los garbanzos también han dado para crear una rica estela de significados que adornan sus cualidades alimenticias: garbanzo de agua, de pega,  negro, garbanzo de a libra, como cosa rara y extraordinaria.

    Nuestro refranero es también refugio de significados con el  garbanzo: “ese garbanzo no se ha cocido en la olla”, “por un garbanzo no se descompone el plato” o “tropezar con un garbanzo” para el que es propenso a hallar dificultades en todo o tomar motivo de cosas fútiles para enfadarse o hacer oposición.

    Razones hay, pues, para recordar y homenajear hoy al garbanzo como se viene haciendo en la Fiesta del Vino. Recobremos nuestra rica tradición de “echar garbanzos” y olvidemos garbanzos negros y aquellos que causan tropiezos.

    ¡Buen provecho y que le toque a usted la garbanza!

     

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  • De Alcalá la Real a Nueva York

    De Alcalá la Real a Nueva York

    No podíamos dejarlo pasar y este es nuestro pequeño homenaje a el más alto escultor que a visto nacer esta tierra en su 450 aniversario de su nacimiento en Alcalá la Real. Se trata de Juan Martínez Montañés, y como tanto se ha escrito y se ha dicho sobre él nosotros simplemente queremos contar el sorprendente hallazgo de una obra suya en el Metropolitan Museum de Nueva York.

    Su Bautizo en la iglesia parroquial de Santo Domingo de Silos. Es la primera iglesia alcalaína, erigida por Alfonso XI en el arrabal. La labor de mecenazgo, ejercida por los diferentes abades, había transformado en la época en la que nace Juan Martínez Montañés engrandeciendo la estructura gótica de Santo Domingo de Silos, con una nueva sacristía y una airosa torre, cuyas campanas voltearán gozosas aquel día de marzo anunciando un bautizo de rumbo. No podía dejar de serlo dada la categoría de los padrinos.

    La nobleza de la Iglesia y de la sangre van a sostener ante la pila bautismal, aquel 16 de marzo de 1568, al que llegará a ser el más noble representante de la escultura barroca andaluza. La cual ha sido denominada Montañesina en su mejor época.

    El padrino, Licenciado Gil Fernández, provisor de la Abadía, el cargo más importante después del abad. La madrina doña María de Mendoza mujer del regidor Francisco de Aranda, ilustre representante de esta familia de los Aranda que, desde la Edad Media, figura a la cabeza de los linajes alcalaínos.

    El padre Juan Martínez, bordador que procedía de Zaragoza, se establece en Alcalá, a mediados del siglo XVI, llevando como segundo apellido Montañés por su ascendencia de las montañas de León. La madre Marta González, era hija de Francisco González de Congosto, que vino a Alcalá desde tierras abulenses como maestresala del abad don Juan de Ávila (1503-1556) y aquí se casó con Elvira Ximénez, hija legítima de Fernando Ramírez, descendiente de los Ramírez de Porcuna que ninieron a la conquista de Alcalá con Alfonso XI.

    El acompañamiento del niño, padrinos, familiares e invitados debió salir de la casa del bordador, situada en el Arrabal Nuevo, en la falda oriental del cerro de la Mota a dónde la ciudad de había extendido, una vez pasado el peligro de guerra por la conquista de Granada. Hacia la mitad de la ladera del cerro, en la calle Llana, estaba la casa del bordador, en un lugar cercano a la calle Real, principal arteria del Arrabal Nuevo que bajaba desde las alturas cercanas a la Mota al Llanillo, hondonada que separa las vertientes del cerro de la Mota con las de San Marcos y las Cruces, por las que también se empezaba a extender la ciudad nueva.

    El Cortejo hubo pues de subir, por muy empinada cuesta, las calles Real, Trinidad, Mazuelos, y Cava, hasta llegar a la puerta del Arrabal y entrando en él por la Escaleruela, y otras calles, alcanzar el compás de la Iglesia Parroquial de Santo Domingo de Silos, en cuya puerta esperaría el cura Francisco de la Torre, que había de oficiar la ceremonia y que era gran amigo de la familia.

    De 1563 a 1579 el bordador y Marta, su esposa tuvieron cinco hijas y un solo varón, Juan, que reunió toda la fuerza y rigor de que carecieron sus hermanas. Cuatro de ellas fueron presa de la mortalidad infantil tan frecuente antes. La mayor, Ana, que antecede a Juan, debió morir pronto porque, a la que sigue a éste se le impone el mismo nombre, y correrá igual suerte que aquella, porque la cuarta hermana, nacida en 1575, vuelve a ser llamada Ana. Ésta debía vivir en 1579, cuando nace la última, a la que se bautiza con el nombre de Catalina. La sabia Santa de Alejandría, de gran devoción en la Alcalá de la época, como demuestra la profusión de su imagen, en los retablos de las iglesias, y de su nombre en las actas bautismales. Devoción que solo cede a la de Santa Ana, patrona de la ciudad hasta el siglo XVIII. En cambio el nombre de la tercera de las hermanas, Thomasina, es muy poco frecuente, casi único, seguramente lo debe a su padrino de bautismo el Licenciado Bernabé Serrano del Alférez, hermano del regidor Francisco de Aranda, y clérigo de mucho prestigio en el cabildo Abacial. Tanto que se le nombre por tres veces provisor de la Abadía en los casos de sede vacante.

    Thomasina fue la única de las hermanas en alcanzar la edad adulta, pero siempre con la salud quebrantada. No se casó y murió en la casa de su hermano, donde vivía, el año 1619. Para Juan Martínez Montañés la pérdida del último miembro de su familia alcalaína, supuso una gran pena, y fue una de las causas que llevaron al artista a ese período de reflexión, de 1620 a 1630, que el maestro Hernández Díaz califica en el curso de su obra como Decenio Crítico.

    El cariño que sintiera Montañés por sus hermanas pequeñas se patentiza en la veracidad, ternura y belleza que trasmite a las figuras infantiles. Este gesto del Niño Jesús del relieve de la Epifanía, del retablo mayor de San Isidoro del Campo, que al ser tocado en uno de sus pies por el Rey Mago moviliza todo su cuerpo y rostro hacia él, debió ser observado por el pequeño Juan en sus hermanas cuando, en ayuda de su madre Marta González, cuidaba de ellas. Guardando en su memoria la gracia de sus gestos, posturas y expresiones, que mas tarde inmortalizaría en tantos pequeños ángeles que adornan sus retablos e imágenes.

    El bautizo de la penúltima de sus hermanas, la tercera llamada Ana, le debió causar una fuerte impresión porque el padrino fue, nada menos que el mismo abad don Diego de Ávila, y Juan de siete años, entonces, pudo disfrutar de la belleza de la liturgia y darse cuenta de la importancia del acto para la vida espiritual. Porque, arropado por su familia y su entorno, el profundo sentir religioso de Montañés, una de sus más esenciales características, apuntaría desde su más tierna infancia.

    La muerte del abad, don Diego de Ávila, gran protector de la familia del bordador, y el foco de atracción para todos los artístas de la cercana Granada, donde el trabajo no faltaba por la proliferación de iglesias, conventos y obras religiosas de todo tipo, que cristianizaron en menos de un siglo a la ciudad musulmana, impulsaron al bordador en 1580 al traslado se su familia. Pensando sobre todo, en encauzar la vocación de su hijo Juan que, a sus doce años, mostraba grandes cualidades para la escultura.

    La belleza que es la huella de Dios sobre la tierra, será el camino elegido por Montañés para su arte. Ella le acompaña en Alcalá desde que abre los ojos a la vida, primero en su casa, y luego en la ciudad en la casa de sus amigos. En su casa porque en los talleres de bordado de la época se pintaba con la aguja, y, en ellos abundaba por todas partes, las cosas bellas. Dibujos de imaginería, de flores, de heráldica, hilos de plata y oro, telas ricas de seda, terciopelo, tafetanes, vestiduras eclesiásticas o de imágenes, estandartes, etc.

    En la ciudad porque, cuando sube a la Mota, el niño Montañés se encuentra con la Alcalá medieval y renacentista en todo su esplendor. La ciudad alta de la Mota con los bellísimos edificios abaciales, el palacio y la iglesia, ésta con retablos e imágenes, verdaderas obras de arte. La casa de cabildo municipal en su reforma renacentista, terminada en 1546. La magnífica portada de la capilla del Deán. Las torres y murallas medievales, en las que los estilos árabe-musulmán y cristiano gótico se abrazan, con el mismo nombre de Alcalá la Real.

    Visitaría con frecuencia su parroquia, la iglesia de Santo Domingo, en el Arrabal Viejo, en cuyo altar mayor lucía como una magnífica joya, el retablo pintado a principios del siglo XVI por Juan Ramírez, el gran maestro de la escuela granadina. Y en su barrio, el Arrabal Nuevo, también se respiraba belleza, en los monasterios de monjas Trinitarias, de Franciscanos Observantes, y Franciscanos Terceros, en las puertas monumentales de la Tejuela y los Arcos, o el magnífico pilar de los Álamos.

    En cuanto a sus amigos encontraría la belleza en sus casas y talleres, porque es seguro tendría predilección por los hijos de pintores y entalladores que, por entonces trabajaban en Alcalá: Josepe de Burgos, Francisco Hernández, Rodrigo de Figueroa y, de modo especial, Pedro Sardo Raxis, artísta originario de Cerdeña, que se establece, y se casa, en la ciudad alcalaína a principios del siglo XVI. Varios de sus doce hijos, y algunos de sus nietos, dedicados a la pintura y la escultura, trabajan en el taller del patriarca de la familia.

    Mientras que otros se instalan fuera, como Pablo, décimo hijo de Pedro y casi veinte años mayor que Juan Martínez Montañés, que se convertirá en mentor del futuro genio, quizá ya en Alcalá, pero seguro en Granada, cuando triunfante y conocido como Pablo de Rojas, acoja en su taller de escultura al Juan Martínez Montañés de doce años que, en 1580, llega a Granada con su familia. Esta plenamente demostrado que Montañés hizo su aprendizaje del arte de la escultura en Granada, con su paisano Pablo de Rojas, al que reconoce como su maestro muchos años después -cuando Pablo ha muerto y él Montañés, esta en la cumbre de su gloria- en conversación con Francisco Pacheco, que éste recoge en uno de sus libros.

    Pero Granada es esencialmente para Juan Martínez Montañés el taller de Pablo de Rojas. Su trabajo y su trato con él y otros artistas como los hermanos García, van a dejar profunda huella en su arte. El predominio del amor redentor sobre el doloroso suplicio de sus Crucificados y Nazarenos, junto a la serenidad de toda su obra, primordiales características de Montañés, las adquiere ya en su etapa granadina junto a su maestro y paisano Pablo de Rojas.

    Una vez terminado el periodo de aprendizaje de Juan Martínez Montañés con Pablo de Rojas toda la familia del bordador se traslada a Sevilla, donde ya estaban asentados varios artístas alcalaínos, entre ellos los pintores Gaspar de Rages o Raxis, sobrino de Pablo de Rojas que colabora con Montañés pintando algunas de sus mejores obras.

    Dato muy importante en la biografía de nuestro escultor es que los primeros momentos, que atestiguan su estancia en Sevilla, se refieren a una persona totalmente formada, humana y profesionalmente. En junio de 1587 se casa con Ana Villegas en la parroquia de San Vicente, en Sevilla. El joven matrimonio vivirá en varias collaciones sevillanas, antes de instalarse definitivamente en la Magdalena, donde morirá Ana en 1613 y Juan en 1649, en la calle de la Muela que corresponde a la actual de O Donnel.

    A los ocho meses de quedarse viudo se casa Montañés con Catalina de Sandoval, de cuyo matrimonio nacieron siete hijos. Juan Martínez Montañés era un hombre de profunda religiosidad nacida en Alcalá, en el seno de su familia, y acrecentada continuamente a medida que penetraba cada vez más y mejor en los textos de la Biblia, y de los escritos místicos, Santa Teresa, Fray Luis de Granada y, de modo especial San Juan de la Cruz.

    Juan Martínez Montañés sacará de la madera las más fieles y teológicas representaciones de la Divinidad. Aquellas que más nos acercan a atisbar los insondables misterios de la Encarnación del Hijo de Dios y de la Inmaculada Concepción de su Madre. A la par que acertaba a expresar con ella en los rostros y actitudes de los santos, los sentimientos de amor y de dolor que San Juan de la Cruz, y otros poetas místicos, expresaron con sus versos. Una explicación convincente de las facultades extraordinarias de Martínez Montañés, nos da el gran conocedor de su obra, don José Hernandez Díaz, al afirmar que fue un sabio: Un sabio pensador que pudo expresar sus ideas con los recursos de su arte. Raro privilegio que es, en verdad, un don singular. Acertado juicio del profesor Hernández Díaz, al que desde aquí dedicamos un emocionado recuerdo.

    San Juan Bautista del Metropolitan Museum de Nueva York

    San Juan Bautista es uno de los santos con una iconografía más abundante. Se le representa como niño, como joven y en sus años de madurez. Juan el Bautista es un profeta del Antiguo Testamento que la tradición cristiana considera el precursor de Jesucristo. Según el evangelio de Lucas era hijo de Zacarías e Isabel (pariente de la Virgen María) y comenzó a predicar y a bautizar en el desierto durante el gobierno del emperador Tiberio. Bautizó a Cristo en el río Jordán y lo reconoció como mesías, siendo éste el inicio de la vida pública de Jesús. Sus críticas a la forma de vida de Herodes Antipas provocaron su arresto y decapitación en la fortaleza de Maqueronte.

    Sus formas más habituales de representación reproducen, por tanto, los mencionados episodios de su vida. Cuando aparece solo es frecuente que vista una túnica basta o una piel de animal y que porte como símbolo la imagen del agnus Dei. Asimismo, es habitual verle aparecer como intercesor en la deesis oriental o formando pareja con San Juan Evangelista. En el tránsito a la Edad Moderna es frecuente la representación de San Juan en edad infantil jugando con el Niño Jesús así como la peculiar representación de la cabeza cortada del santo, frecuentemente sobre un plato o bandeja.

    Y recogemos lo que dice Fray Juan de Ayala: Hay que decir que otros atributos relativos a San Juan Bautista son el manto rojo, que recuerda el martirio, si bien choca con la austeridad del vestido de pelos de camello; y el otro es la concha bautismal que en ocasiones se pone a su imagen, aunque no sea una representación del Bautismo del Señor. Un tercer atributo, insinuado por el autor es el estandarte con las palabras «Ecce Agnus Dei«, que, como dice, es el testimonio sobre Cristo. En la iconografía oriental es común lleve un libro, que simboliza la predicación de la Palabra de Dios, y también se le representa alado.

    Tenía Juan su vestido hecho de pelos de camello, con un cinturón de cuero a su cintura, y su comida eran langostas y miel silvestre. Acudían a él Jerusalén, toda Judea y toda la región del Jordán, eran bautizados por él en el rio Jordán, confesando sus pecados” (Mt 3,4-6). “Entonces se presenta Jesús que viene de Galilea al Jordán, a donde Juan, para ser bautizado por él. Pero Juan trataba de impedírselo diciendo: Soy yo el que necesita ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?” Jesús le respondió: Deja ahora, pues conviene que así cumplamos toda justicia. Entonces le dejó. Una vez bautizado Jesús, salió luego del agua; y en esto se abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios que bajaba como una paloma y venía sobre él. Y una voz que salía de los cielos decía: “Este es mi hijo amado, en quien me complazco” (Mt 3,13-17).

    Para los ojos que miran su obra con una mentalidad moderna, incluso cuando ya no está en la iglesia del convento para la que fue pensada, tienen una poderosa atracción en la forma en que esta concebida la escultura. La obra del Museo Metropolitano de Nueva York es una representación de San Juan Bautista, una rara obra del maestro alcalaíno, en una colección fuera de España o América del Sur. Un hombre maduro con un físico fuerte, viste una túnica marrón corta ceñida con una soga alrededor de la cintura. Un manto carmesí con dibujos de cabezas de querubines y follaje está colgada sobre su hombro y cubre parcialmente la formación rocosa sobre la que se para y se inclina. Su mano izquierda descansa sobre la roca mientras su derecha se extiende por todo su cuerpo para apuntar. Este gesto fue ciertamente hacia un Cordero de Dios desaparecido en un altar en la iglesia del monasterio para el cual San Juan fue hecho o hacia la parte superior de una banderola con el mensaje «Este es el Cordero de Dios» clavado en el suelo por el pie izquierdo del santo ( donde existe un agujero) y se eleva a su hombro izquierdo. Sus rasgos tallados fuertemente definidos incluyen una perilla fina, dividida – el resto de su barba clara y bigote están pintados – un mechón de cabello sobre la frente y mechones despeinados, una frente arrugada y cejas lisas y sutilmente talladas. Hecho de cedro español, la estatua se ha mantenido relativamente bien a lo largo de los siglos, aunque algunos dedos de la mano derecha se han vuelto a tallar y el brazo derecho ha vuelto a ensamblarse.

    Una datación de la escultura del Museo durante los años de madurez del artista parece ser la mas acertada. Beatrice Proske lo dató entre 1620 o principios de 1630. José Hernández Díaz prefirió fechar la figura en la primera década del siglo, antes del retablo de San Isidoro en Santiponce. Ahora bien, aunque el Museo siempre consideró esta obra como de Martínez Montañés, Beatriz Proske consideró que se trataba de una obra de taller en la que intervinieron otros artistas de su taller es por ello que la describió como al estilo de Montañés.

    Los documentos dicen que la imagen era del convento sevillano de la Concepción, que fue suprimido en 1837, en la desamortización. En un aviso publicado en 1844 que inventariaba los contenidos de la iglesia del monasterio, Félix González de León describió uno de sus retablos: Bajo un gran arco moldeado con pilastras que sostienen una cornisa, sobre un alto pedestal colocado sobre la base del retablo se levantaba la figura más hermosa de San Juan Bautista hecha por el célebre Martínez Montañés. Difícilmente se puede explicar la belleza del diseño y el tratamiento de las cornisas y el cuerpo de esta famosa imagen. Observó además nichos a cada lado de la estatua decorados con frontones y ángeles y llenos de pinturas de historias sobre el santo. Relativamente modesto para los estándares de la época, el retablo debe haber sido algo así como los del Convento de Santa Paula, centrado en la estatua del santo.

    El gesto enfático fue diseñado para ser leído a distancia, y como el propio escultor explicó, la voluminosa cortina le daría a la figura peso y solidez en medio de tales decoraciones espléndidas. El padre del escultor era un bordador en la ciudad de Alcalá la Real, y el gusto del hijo por textiles ricamente decorados debe haberse desarrollado temprano en la vida. Tradicionalmente, la escultura española de este período fue pintada por especialistas distintos del tallador. Los patrones y colores pintados relativamente simples de esta figura solo realzan la potencia del tallado.

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