EL RETABLO DE SAN MARCOS EN LA ERMITA DEL MISMO NOMBRE DE ALCALÁ LA REAL

El objeto de estas líneas es la aproximación a lo que, posiblemente, sea una de las primeras representaciones del pastor de Colomera. Sabido es que dentro de la ruta de Juan Alonso de Rivas hacia Sierra Morena, se encontraba Alcalá la Real. Y así debió saberse y comprenderse por la cofradía alcalaína, devotos y patronos del retablo que aquí se erigió a Nuestra Señora. La singular pieza se encuentra colocada en el testero norte de una capilla adosada a la nave de la iglesia -atribuida a Ginés Martínez de Aranda-, en el lateral del evangelio, justo frente a la puerta de entrada. En esta estancia sobresale, dentro de la simplicidad, su singular elegancia, especialmente en su cúpula de casetones, decorada al temple.

El retablo es una obra sencilla, con el característico diseño de los del siglo XVI y de los templos del territorio de la antigua Abadía alcalaína. De traza similar aún podemos encontrar algunos en Santa Ana y en las Angustias.

Tiene el retablo tres plantas (banco, cuerpo y ático) y tres calles. El banco está flanqueado por dos pedestales con motivos geométricos, que sustentan dos de las columnas superiores. Entre ambos, tres tablas pintadas (Dolorosa, Cristo Rey del Universo y Santa María Magdalena), separadas por sencillas molduras. El cuerpo del retablo es más complejo. La calle central presenta una hornacina, en donde está colocada hoy la imagen de san Marcos. Dicho hueco muestra en la parte superior una elegante venera ocupando todo el arco. Este espacio se jalona con dos columnillas de orden jónico, de fuste sogueado, sobre pedestales. Por encima de la venera aparece un dosel algo volado y festoneado, del que cuelgan borlas de madera. Siguiendo con el cuerpo, se indica que en la calle de la izquierda aparecen tablas con pinturas de san Jerónimo y san Francisco de Asís, una sobre otra. En la calle de la derecha, san Juan Bautista y el pastor Juan de Rivas. En los extremos del cuerpo, sendas columnas sogueadas, de orden corintio. El ático se forma con un segmento circular, que se apoya en un arquitrabe escalonado, que se alarga progresivamente; un friso con tres rosetas, y una cornisa. En la tabla central aparece la efigie del Padre Eterno, y en las laterales motivos florales.

La técnica utilizada es de pintura al óleo sobre tabla para las escenas hagiográficas, y dorado y policromía variada para la estructura del retablo. Es obra de madera, incluidas las pequeñeces (borlas, rosetas…) Obviando las medidas, hay que señalar que no es de grandes proporciones (230 x 165 cms.). Acaso interese más la iconografía: Dolorosa: Busto de María, encerrado en una mandorla apaisada. La Virgen cruza sus brazos sobre el pecho y tiene la mirada baja, abstraída. Cristo Rey: Enclavado en otra mandorla se presenta la imagen de Cristo, de medio cuerpo, bendiciendo “a la griega” con su mano derecha, y portando en la izquierda el globo coronado de la cruz. Recuerda a los Cristo-jueces, pero con otros atributos. Santa María Magdalena: Es la característica de la mujer arrepentida, mirando al Crucifijo. Y, como las anteriores, incluida en una mandorla. San Jerónimo: Semidesnudo y arrodillado lleva una cruz en su mano izquierda y una piedra en la derecha, golpeándose el pecho, escena propia del anacoreta en la cueva del desierto. A la derecha aparece una figura que acaso pueda representar la vanidad. San Francisco de Asís: La escena es la de la estigmatización en el monte de la Verna. El poverello aparece hincado de rodillas, mirando al Cristo-serafín, del que salen unos chorros de sangre que alcanzan el cuerpo del santo. San Juan Bautista: Se muestra sentado, con el Cordero en su falda, portando una cruz con su mano derecha, queriendo mostrarla. Los rasgos del santo son de un adolescente, al gusto de los artistas del quattrocento. El pastor Juan Alonso de Rivas: Es de especial interés, porque, probablemente, sea de las más antiguas representaciones gráfica del colomereño. Aparece arrodillado, rodeado de ovejas, con su cayado, en actitud orante y la vista puesta en la hornacina central del retablo, donde siempre estuvo la imagen de Nuestra Señora. En segundo plano se ve una encina y una campanita, aquella que refiere la leyenda de la aparición, aquella que orientó al pastor hasta el lugar donde recibió la revelación. Durante bastante tiempo, tratadistas e investigadores quisieron ver en el personaje a san Isidro Labrador, pero la campanita, la postura y el lugar de la tabla no plantean duda alguna. El Padre Eterno: Es la tantas veces representada imagen de Dios, como venerable anciano sobre nubes, bendiciendo con su mano derecha y colocando su izquierda sobre el globo, como Creador del Universo.

Pastor de Colomera

Se desconoce el autor del retablo, pero lo venimos atribuyendo a algún miembro de la familia de los Raxis, escultores, pintores y retablistas nacidos en Alcalá, descendientes de un artista italiano. Fueron miembros de ella Pablo de Rojas, escultor, maestro del también alcalaíno Juan Martínez Montañés; Pedro de Raxis, que se le conoce como el padre de la estofa, que dejó casi toda su obra en Granada; Gaspar de Ragis, policromador, que trabajó en Sevilla; y otros menos conocidos, como Melchor, Pedro, Nicolás, Miguel, y el propio italiano, conocido también como Pedro Sardo o de Raxis.

Esta obra debió hacerse en la segunda mitad del XVI (¿1588?). Se ignora por el momento su patrocinio y financiación. Si conviene reseñar que hasta el siglo XIX (acaso 1865), fue el lugar donde se veneró la imagen de Nuestra Señora de la Cabeza. La hermandad se fundó en 1560-61. En la actualidad la imagen de la Virgen se encuentra en la capilla y retablo mayor y su cofradía, de las más antiguas de la provincia, se encarga del mantenimiento de la ermita, que pertenece a la parroquia de Santa María la Mayor.

También en relación con nuestro retablo, hay que anotar que se encontraba en pésimo estado, atacado de carcoma y humedades, que habían deteriorado seriamente la propia estructura y las tablas de pintura. El craquelado se ensañó cruelmente en algunas de las efigies, haciendo desaparecer parte de sus perfiles. La intervención en 2011, llevada a efecto por el restaurador José Luis Ojeda Navío y patrocinada por el Ayuntamiento alcalaíno, ha supuesto una actuación ejemplar y redentora de esta pieza de nuestro patrimonio.

Miles de devotos alcalaínos, a lo largo de los siglos, siguen mirando al Santuario como casa de la Madre, como postrera meta de júbilo y consuelo para el imperecedero trashumante.