SAULO DE TARSO, EL RABINO CRISTIANO

El año 2008, se celebró el “Año Paulino”, 365 días dedicados al Apóstol más grande que ha existido, se trata de uno de los grandes maestros que ha tenido el cristianismo, maestro de vocación que llevó hasta sus últimas consecuencias aquello en lo que creía. Además, Pablo es el hombre de la universalidad. En un mundo marcado por las divisiones y las barreras entre los pueblos y las culturas, el mensaje que transmite san Pablo es a cada hombre, independientemente de su pertenencia cultural o religiosa, de su nacionalidad o de su fe.

En Pentecostés del año 57 de nuestra era fue apresado el Apóstol Pablo en Jerusalén y puesto bajo la custodia de la autoridad romana, para impedir su linchamiento por obra de los judíos. En tal ocasión al magistrado encargado de instruir su causa confiesa: “Yo soy judío, originario de Tarso, ciudad ilustre de la Cilicia; te suplico que me permitas hablar al pueblo” (Hech. 21,39). Y en el discurso a éste, repite y concreta: “Yo soy judío, nacido en Tarso de Cilicia, educado en esta ciudad e instruido a los pies de Gamaliel, según el rigor de la ley patria, celador de Dios, como todos vosotros lo sois hoy” (Hech. 22,3).

Ya entonces el universo era la patria de los judíos, diseminados por el mundo desde siglos atrás; circunstancia que se acentuará sin más después de la destrucción del templo de Jerusalén. Entre las colonias numerosas de judíos, una de las más prósperas se encontraba en Tarso, metrópolis de Cilicia, la favorita de Roma, exenta de una serie de cargas, porque significaba para el Imperio uno de los más prósperos mercados, dada su situación, riqueza, y belleza naturales. Tarso era fertilizada y hermoseada por el río Cidno, caudaloso y ameno, famoso en aquel tiempo por la seguridad de su puerto y por el concurso de naves y mercaderes que hicieron de la ciudad emporio del mundo.

Saulo o Saúl vino a la vida con la era cristiana en una familia de vieja estirpe benjaminista, originaria de Giscal. Desconocemos el nombre de sus padres, que murieron antes de su conversión. El mismo Saulo informa de la honra de su título heredado del Padre: “circuncidado al octavo día, de la raza de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo, hijo de hebreo, y según la Ley, fariseo” (Flp. 3,5). Y añadirá. “Hermanos, yo soy fariseo, e hijo de fariseos” (Hech. 23,6). Fariseo que son una secta del judaísmo que quiere decir los separados del pueblo, de la tierra. Tuvo, al menos, una hermana, porque se habla de un sobrino, residente en Jerusalén, que le salvó la vida.

En la ciudad natal recibió Pablo su primera formación. Allí había numerosas escuelas helenísticas, dedicadas a todas las ciencias, pero especialmente a la filosofía. Allí en la escuela judía, aprendió Saulo las primeras letras, a partir de los seis años a base, naturalmente, de la Biblia, estudio principal, aunque no el único, que ya en esta edad comenzaba a ser leída y aprendida exclusivamente en griego. Saulo añadirá a su ciencia el conocimiento, también perfecto, del arameo y del hebreo. La escuela judía, aneja a la sinagoga, era una institución exclusivamente religiosa. Para el judío ortodoxo no interesaban las matemáticas, la geografía, la historia profana, la filosofía; en sus escuelas no se trataba más que de moral, del derecho positivo, y de la historia sagrada; y todo ello se encontraba en la Biblia. En ella aprendían a leer; muchos escribas la aprendían de memoria, como la saben, todavía actualmente, no pocos israelitas.

La meta soñada por toda familia para su hijo era el oficio de escriba, para el que se preparaban desde la niñez. Esta profesión era el pórtico para todas las carreras y honores; el escriba era a la vez, o sucesivamente, abogado y procurador de los tribunales; magistrado y jurisconsulto; consejero y predicador; hombre de ley y hombre de iglesia; letrado, orador y gramático. Con esta finalidad se encauza la formación de Saulo y, tras siete años de preparación en Tarso, a los trece es enviado a Jerusalén para completar estudios, acompañado de sus padres o a vivir con algunos parientes, porque ambas circunstancias son probables. La época brindaba también las oportunidades viajeras que los judíos nunca han abandonado, cambiando de terreno y quizás mejorando de fortuna.

Los estudiantes de Jerusalén se repartían en las dos escuelas, famosas por su rivalidad de Hillel y de Sammay, semilegendarios rabinos del tiempo de Herodes, militantes ambos dentro del fariseismo, aunque los hillelitas eran menos rigurosos en la interpretación de la ley. El sucesor de Hillel, aunque no de su misma sangre, fue Gamaliel I, quién fue primer presidente del gran Sanedrín de Jerusalén y el primero que ostentó el título honorífico de rabino (nuestro maestro), juez e interprete de la ley en materia ritual, civil y penal.

En el centro mismo de la vida nacional judía y “a los pies de Gamaliel” (Hech. 22,3) es donde el joven Saulo fue a culminar su educación, por los años en que espontáneamente “Jesús crecía en sabiduría y edad y gracia ante Dios y ante los hombres”(Lc.2,52) en un rincón oscuro de Galilea. Tarso fue su patria civil, donde recibió con el título de ciudadano romano (Hech. 22,28), aquella lengua griega, que le hizo en cierto modo, ciudadano del universo; pero Jerusalén es la patria de su alma, la patria de su inteligencia tanto o más que la de su corazón. Hacia Jerusalén orientaría siempre las rutas de su peregrinar por la tierra, porque sabia que allí recibió la impronta indeleble de su formación religiosa y moral. Saulo, a los pies de Gamaliel, adquirió un incomparable conocimiento de la ciencia hebrea y se asimiló los métodos peculiarmente judíos de argumentación, que tanto le servirían más adelante para presentar a sus compatriotas el mensaje cristiano.

La vida del fariseo era una intolerable servidumbre, envuelto en la estrecha red que suponen las 613 prescripciones del Código mosaico, llegando su religión a degenerar en un formalismo mezquino. Saulo ha confesado el celo que le guiaba al ser perseguidor de la Iglesia y la parte considerable que tuvo en la persecución de los cristianos demostrando que se sentía la satisfacción de un deseo saciado.

El martirio de san Esteban y su asistencia al suplicio de las victimas no hacían más que aguzar su sed de sangre cristiana. Hacia el año 36 de nuestra era, solicitó del gran sacerdote, Caifás, autorización oficial para inquirir en las sinagogas de Damasco a los discípulos secretos de Jesús y obrar con ellos según acostumbraba. Allí, como sabemos, le aguardaba precisamente el dedo de Dios. Este acontecimiento tiene lugar en plena madurez de Saulo, hacia la mitad de su vida. La misma pasión que anteriormente puso en la practica de su fariseísmo, emplea a partir de este momento en su ardiente y activa predicación, propia del neófito, a la que añade la experiencia y el talento que en el eran insuperables.

Después de la aparición en el camino de Damasco y de su conversión, Saulo de Tarso oculta su rostro durante seis o siete años, en que se prepara íntimamente, en el silencio y la oración, para su trascendente misión. Recorriendo las sinagogas de Damasco, declaraba a sus antiguos correligionarios que Jesús era verdaderamente el Mesías y el Hijo de Dios. Se limitaba sin duda, a relatar que él le había visto con sus ojos y le había oído con sus oídos. Los judíos, no osando dudar de sus palabras, permanecían mudos de estupor. Huyendo de la vida tumultuosa de las ciudades se fue hacia Arabia para sondear su alma, meditar las Escrituras, concentrarse bajo la mirada del Señor y escuchar la voz interior que se percibía mucho más perceptible que los ecos del mundo, por lejanos y debilitados. Allí estuvo uno dos años, preparándose para la controversia. Su predicación se fortalecía con pruebas escriturarias irrefutables. En adelante, no será solamente la adución de un testimonio ocular, sino la enseñanza razonada del doctor y el mensaje inspirado del profeta. Incapaces de responderle, sus adversarios trataran de cerrarle la boca.

La labor paulina es un titánico esfuerzo en busca de armonía, para poner de acuerdo dos polos que parecían repelerse totalmente. Recoge la doctrina y el cúmulo de revelaciones contenidas en la Biblia para estructurar las bases de la nueva fe, que marca la cristianización de judaísmo, para atraerle a fuerza de porfiar sobre el paralelo que suponía la predicación de Jesús. Pablo convirtió el Antiguo Testamento en instrumento para la predicación cristiana, con lo que fue aceptado íntegramente por la nueva religión.

Apenas nada de personal hay en estas notas. este trabajo se remite a poner de relieve lo que de objetivo hay en la persona del rabino sin par que trajo al cristianismo la luz veterotestamentaria, armonizándola con el resplandor que dejó en la tierra el Hijo de Dios, directo detector de Saulo para sus filas, designándole para abrir paso con su espada al que tiene las llaves del cielo.