De Alcalá la Real a Nueva York

No podíamos dejarlo pasar y este es nuestro pequeño homenaje a el más alto escultor que a visto nacer esta tierra en su 450 aniversario de su nacimiento en Alcalá la Real. Se trata de Juan Martínez Montañés, y como tanto se ha escrito y se ha dicho sobre él nosotros simplemente queremos contar el sorprendente hallazgo de una obra suya en el Metropolitan Museum de Nueva York.

Su Bautizo en la iglesia parroquial de Santo Domingo de Silos. Es la primera iglesia alcalaína, erigida por Alfonso XI en el arrabal. La labor de mecenazgo, ejercida por los diferentes abades, había transformado en la época en la que nace Juan Martínez Montañés engrandeciendo la estructura gótica de Santo Domingo de Silos, con una nueva sacristía y una airosa torre, cuyas campanas voltearán gozosas aquel día de marzo anunciando un bautizo de rumbo. No podía dejar de serlo dada la categoría de los padrinos.

La nobleza de la Iglesia y de la sangre van a sostener ante la pila bautismal, aquel 16 de marzo de 1568, al que llegará a ser el más noble representante de la escultura barroca andaluza. La cual ha sido denominada Montañesina en su mejor época.

El padrino, Licenciado Gil Fernández, provisor de la Abadía, el cargo más importante después del abad. La madrina doña María de Mendoza mujer del regidor Francisco de Aranda, ilustre representante de esta familia de los Aranda que, desde la Edad Media, figura a la cabeza de los linajes alcalaínos.

El padre Juan Martínez, bordador que procedía de Zaragoza, se establece en Alcalá, a mediados del siglo XVI, llevando como segundo apellido Montañés por su ascendencia de las montañas de León. La madre Marta González, era hija de Francisco González de Congosto, que vino a Alcalá desde tierras abulenses como maestresala del abad don Juan de Ávila (1503-1556) y aquí se casó con Elvira Ximénez, hija legítima de Fernando Ramírez, descendiente de los Ramírez de Porcuna que ninieron a la conquista de Alcalá con Alfonso XI.

El acompañamiento del niño, padrinos, familiares e invitados debió salir de la casa del bordador, situada en el Arrabal Nuevo, en la falda oriental del cerro de la Mota a dónde la ciudad de había extendido, una vez pasado el peligro de guerra por la conquista de Granada. Hacia la mitad de la ladera del cerro, en la calle Llana, estaba la casa del bordador, en un lugar cercano a la calle Real, principal arteria del Arrabal Nuevo que bajaba desde las alturas cercanas a la Mota al Llanillo, hondonada que separa las vertientes del cerro de la Mota con las de San Marcos y las Cruces, por las que también se empezaba a extender la ciudad nueva.

El Cortejo hubo pues de subir, por muy empinada cuesta, las calles Real, Trinidad, Mazuelos, y Cava, hasta llegar a la puerta del Arrabal y entrando en él por la Escaleruela, y otras calles, alcanzar el compás de la Iglesia Parroquial de Santo Domingo de Silos, en cuya puerta esperaría el cura Francisco de la Torre, que había de oficiar la ceremonia y que era gran amigo de la familia.

De 1563 a 1579 el bordador y Marta, su esposa tuvieron cinco hijas y un solo varón, Juan, que reunió toda la fuerza y rigor de que carecieron sus hermanas. Cuatro de ellas fueron presa de la mortalidad infantil tan frecuente antes. La mayor, Ana, que antecede a Juan, debió morir pronto porque, a la que sigue a éste se le impone el mismo nombre, y correrá igual suerte que aquella, porque la cuarta hermana, nacida en 1575, vuelve a ser llamada Ana. Ésta debía vivir en 1579, cuando nace la última, a la que se bautiza con el nombre de Catalina. La sabia Santa de Alejandría, de gran devoción en la Alcalá de la época, como demuestra la profusión de su imagen, en los retablos de las iglesias, y de su nombre en las actas bautismales. Devoción que solo cede a la de Santa Ana, patrona de la ciudad hasta el siglo XVIII. En cambio el nombre de la tercera de las hermanas, Thomasina, es muy poco frecuente, casi único, seguramente lo debe a su padrino de bautismo el Licenciado Bernabé Serrano del Alférez, hermano del regidor Francisco de Aranda, y clérigo de mucho prestigio en el cabildo Abacial. Tanto que se le nombre por tres veces provisor de la Abadía en los casos de sede vacante.

Thomasina fue la única de las hermanas en alcanzar la edad adulta, pero siempre con la salud quebrantada. No se casó y murió en la casa de su hermano, donde vivía, el año 1619. Para Juan Martínez Montañés la pérdida del último miembro de su familia alcalaína, supuso una gran pena, y fue una de las causas que llevaron al artista a ese período de reflexión, de 1620 a 1630, que el maestro Hernández Díaz califica en el curso de su obra como Decenio Crítico.

El cariño que sintiera Montañés por sus hermanas pequeñas se patentiza en la veracidad, ternura y belleza que trasmite a las figuras infantiles. Este gesto del Niño Jesús del relieve de la Epifanía, del retablo mayor de San Isidoro del Campo, que al ser tocado en uno de sus pies por el Rey Mago moviliza todo su cuerpo y rostro hacia él, debió ser observado por el pequeño Juan en sus hermanas cuando, en ayuda de su madre Marta González, cuidaba de ellas. Guardando en su memoria la gracia de sus gestos, posturas y expresiones, que mas tarde inmortalizaría en tantos pequeños ángeles que adornan sus retablos e imágenes.

El bautizo de la penúltima de sus hermanas, la tercera llamada Ana, le debió causar una fuerte impresión porque el padrino fue, nada menos que el mismo abad don Diego de Ávila, y Juan de siete años, entonces, pudo disfrutar de la belleza de la liturgia y darse cuenta de la importancia del acto para la vida espiritual. Porque, arropado por su familia y su entorno, el profundo sentir religioso de Montañés, una de sus más esenciales características, apuntaría desde su más tierna infancia.

La muerte del abad, don Diego de Ávila, gran protector de la familia del bordador, y el foco de atracción para todos los artístas de la cercana Granada, donde el trabajo no faltaba por la proliferación de iglesias, conventos y obras religiosas de todo tipo, que cristianizaron en menos de un siglo a la ciudad musulmana, impulsaron al bordador en 1580 al traslado se su familia. Pensando sobre todo, en encauzar la vocación de su hijo Juan que, a sus doce años, mostraba grandes cualidades para la escultura.

La belleza que es la huella de Dios sobre la tierra, será el camino elegido por Montañés para su arte. Ella le acompaña en Alcalá desde que abre los ojos a la vida, primero en su casa, y luego en la ciudad en la casa de sus amigos. En su casa porque en los talleres de bordado de la época se pintaba con la aguja, y, en ellos abundaba por todas partes, las cosas bellas. Dibujos de imaginería, de flores, de heráldica, hilos de plata y oro, telas ricas de seda, terciopelo, tafetanes, vestiduras eclesiásticas o de imágenes, estandartes, etc.

En la ciudad porque, cuando sube a la Mota, el niño Montañés se encuentra con la Alcalá medieval y renacentista en todo su esplendor. La ciudad alta de la Mota con los bellísimos edificios abaciales, el palacio y la iglesia, ésta con retablos e imágenes, verdaderas obras de arte. La casa de cabildo municipal en su reforma renacentista, terminada en 1546. La magnífica portada de la capilla del Deán. Las torres y murallas medievales, en las que los estilos árabe-musulmán y cristiano gótico se abrazan, con el mismo nombre de Alcalá la Real.

Visitaría con frecuencia su parroquia, la iglesia de Santo Domingo, en el Arrabal Viejo, en cuyo altar mayor lucía como una magnífica joya, el retablo pintado a principios del siglo XVI por Juan Ramírez, el gran maestro de la escuela granadina. Y en su barrio, el Arrabal Nuevo, también se respiraba belleza, en los monasterios de monjas Trinitarias, de Franciscanos Observantes, y Franciscanos Terceros, en las puertas monumentales de la Tejuela y los Arcos, o el magnífico pilar de los Álamos.

En cuanto a sus amigos encontraría la belleza en sus casas y talleres, porque es seguro tendría predilección por los hijos de pintores y entalladores que, por entonces trabajaban en Alcalá: Josepe de Burgos, Francisco Hernández, Rodrigo de Figueroa y, de modo especial, Pedro Sardo Raxis, artísta originario de Cerdeña, que se establece, y se casa, en la ciudad alcalaína a principios del siglo XVI. Varios de sus doce hijos, y algunos de sus nietos, dedicados a la pintura y la escultura, trabajan en el taller del patriarca de la familia.

Mientras que otros se instalan fuera, como Pablo, décimo hijo de Pedro y casi veinte años mayor que Juan Martínez Montañés, que se convertirá en mentor del futuro genio, quizá ya en Alcalá, pero seguro en Granada, cuando triunfante y conocido como Pablo de Rojas, acoja en su taller de escultura al Juan Martínez Montañés de doce años que, en 1580, llega a Granada con su familia. Esta plenamente demostrado que Montañés hizo su aprendizaje del arte de la escultura en Granada, con su paisano Pablo de Rojas, al que reconoce como su maestro muchos años después -cuando Pablo ha muerto y él Montañés, esta en la cumbre de su gloria- en conversación con Francisco Pacheco, que éste recoge en uno de sus libros.

Pero Granada es esencialmente para Juan Martínez Montañés el taller de Pablo de Rojas. Su trabajo y su trato con él y otros artistas como los hermanos García, van a dejar profunda huella en su arte. El predominio del amor redentor sobre el doloroso suplicio de sus Crucificados y Nazarenos, junto a la serenidad de toda su obra, primordiales características de Montañés, las adquiere ya en su etapa granadina junto a su maestro y paisano Pablo de Rojas.

Una vez terminado el periodo de aprendizaje de Juan Martínez Montañés con Pablo de Rojas toda la familia del bordador se traslada a Sevilla, donde ya estaban asentados varios artístas alcalaínos, entre ellos los pintores Gaspar de Rages o Raxis, sobrino de Pablo de Rojas que colabora con Montañés pintando algunas de sus mejores obras.

Dato muy importante en la biografía de nuestro escultor es que los primeros momentos, que atestiguan su estancia en Sevilla, se refieren a una persona totalmente formada, humana y profesionalmente. En junio de 1587 se casa con Ana Villegas en la parroquia de San Vicente, en Sevilla. El joven matrimonio vivirá en varias collaciones sevillanas, antes de instalarse definitivamente en la Magdalena, donde morirá Ana en 1613 y Juan en 1649, en la calle de la Muela que corresponde a la actual de O Donnel.

A los ocho meses de quedarse viudo se casa Montañés con Catalina de Sandoval, de cuyo matrimonio nacieron siete hijos. Juan Martínez Montañés era un hombre de profunda religiosidad nacida en Alcalá, en el seno de su familia, y acrecentada continuamente a medida que penetraba cada vez más y mejor en los textos de la Biblia, y de los escritos místicos, Santa Teresa, Fray Luis de Granada y, de modo especial San Juan de la Cruz.

Juan Martínez Montañés sacará de la madera las más fieles y teológicas representaciones de la Divinidad. Aquellas que más nos acercan a atisbar los insondables misterios de la Encarnación del Hijo de Dios y de la Inmaculada Concepción de su Madre. A la par que acertaba a expresar con ella en los rostros y actitudes de los santos, los sentimientos de amor y de dolor que San Juan de la Cruz, y otros poetas místicos, expresaron con sus versos. Una explicación convincente de las facultades extraordinarias de Martínez Montañés, nos da el gran conocedor de su obra, don José Hernandez Díaz, al afirmar que fue un sabio: Un sabio pensador que pudo expresar sus ideas con los recursos de su arte. Raro privilegio que es, en verdad, un don singular. Acertado juicio del profesor Hernández Díaz, al que desde aquí dedicamos un emocionado recuerdo.

San Juan Bautista del Metropolitan Museum de Nueva York

San Juan Bautista es uno de los santos con una iconografía más abundante. Se le representa como niño, como joven y en sus años de madurez. Juan el Bautista es un profeta del Antiguo Testamento que la tradición cristiana considera el precursor de Jesucristo. Según el evangelio de Lucas era hijo de Zacarías e Isabel (pariente de la Virgen María) y comenzó a predicar y a bautizar en el desierto durante el gobierno del emperador Tiberio. Bautizó a Cristo en el río Jordán y lo reconoció como mesías, siendo éste el inicio de la vida pública de Jesús. Sus críticas a la forma de vida de Herodes Antipas provocaron su arresto y decapitación en la fortaleza de Maqueronte.

Sus formas más habituales de representación reproducen, por tanto, los mencionados episodios de su vida. Cuando aparece solo es frecuente que vista una túnica basta o una piel de animal y que porte como símbolo la imagen del agnus Dei. Asimismo, es habitual verle aparecer como intercesor en la deesis oriental o formando pareja con San Juan Evangelista. En el tránsito a la Edad Moderna es frecuente la representación de San Juan en edad infantil jugando con el Niño Jesús así como la peculiar representación de la cabeza cortada del santo, frecuentemente sobre un plato o bandeja.

Y recogemos lo que dice Fray Juan de Ayala: Hay que decir que otros atributos relativos a San Juan Bautista son el manto rojo, que recuerda el martirio, si bien choca con la austeridad del vestido de pelos de camello; y el otro es la concha bautismal que en ocasiones se pone a su imagen, aunque no sea una representación del Bautismo del Señor. Un tercer atributo, insinuado por el autor es el estandarte con las palabras “Ecce Agnus Dei“, que, como dice, es el testimonio sobre Cristo. En la iconografía oriental es común lleve un libro, que simboliza la predicación de la Palabra de Dios, y también se le representa alado.

Tenía Juan su vestido hecho de pelos de camello, con un cinturón de cuero a su cintura, y su comida eran langostas y miel silvestre. Acudían a él Jerusalén, toda Judea y toda la región del Jordán, eran bautizados por él en el rio Jordán, confesando sus pecados” (Mt 3,4-6). “Entonces se presenta Jesús que viene de Galilea al Jordán, a donde Juan, para ser bautizado por él. Pero Juan trataba de impedírselo diciendo: Soy yo el que necesita ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?” Jesús le respondió: Deja ahora, pues conviene que así cumplamos toda justicia. Entonces le dejó. Una vez bautizado Jesús, salió luego del agua; y en esto se abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios que bajaba como una paloma y venía sobre él. Y una voz que salía de los cielos decía: “Este es mi hijo amado, en quien me complazco” (Mt 3,13-17).

Para los ojos que miran su obra con una mentalidad moderna, incluso cuando ya no está en la iglesia del convento para la que fue pensada, tienen una poderosa atracción en la forma en que esta concebida la escultura. La obra del Museo Metropolitano de Nueva York es una representación de San Juan Bautista, una rara obra del maestro alcalaíno, en una colección fuera de España o América del Sur. Un hombre maduro con un físico fuerte, viste una túnica marrón corta ceñida con una soga alrededor de la cintura. Un manto carmesí con dibujos de cabezas de querubines y follaje está colgada sobre su hombro y cubre parcialmente la formación rocosa sobre la que se para y se inclina. Su mano izquierda descansa sobre la roca mientras su derecha se extiende por todo su cuerpo para apuntar. Este gesto fue ciertamente hacia un Cordero de Dios desaparecido en un altar en la iglesia del monasterio para el cual San Juan fue hecho o hacia la parte superior de una banderola con el mensaje “Este es el Cordero de Dios” clavado en el suelo por el pie izquierdo del santo ( donde existe un agujero) y se eleva a su hombro izquierdo. Sus rasgos tallados fuertemente definidos incluyen una perilla fina, dividida – el resto de su barba clara y bigote están pintados – un mechón de cabello sobre la frente y mechones despeinados, una frente arrugada y cejas lisas y sutilmente talladas. Hecho de cedro español, la estatua se ha mantenido relativamente bien a lo largo de los siglos, aunque algunos dedos de la mano derecha se han vuelto a tallar y el brazo derecho ha vuelto a ensamblarse.

Una datación de la escultura del Museo durante los años de madurez del artista parece ser la mas acertada. Beatrice Proske lo dató entre 1620 o principios de 1630. José Hernández Díaz prefirió fechar la figura en la primera década del siglo, antes del retablo de San Isidoro en Santiponce. Ahora bien, aunque el Museo siempre consideró esta obra como de Martínez Montañés, Beatriz Proske consideró que se trataba de una obra de taller en la que intervinieron otros artistas de su taller es por ello que la describió como al estilo de Montañés.

Los documentos dicen que la imagen era del convento sevillano de la Concepción, que fue suprimido en 1837, en la desamortización. En un aviso publicado en 1844 que inventariaba los contenidos de la iglesia del monasterio, Félix González de León describió uno de sus retablos: Bajo un gran arco moldeado con pilastras que sostienen una cornisa, sobre un alto pedestal colocado sobre la base del retablo se levantaba la figura más hermosa de San Juan Bautista hecha por el célebre Martínez Montañés. Difícilmente se puede explicar la belleza del diseño y el tratamiento de las cornisas y el cuerpo de esta famosa imagen. Observó además nichos a cada lado de la estatua decorados con frontones y ángeles y llenos de pinturas de historias sobre el santo. Relativamente modesto para los estándares de la época, el retablo debe haber sido algo así como los del Convento de Santa Paula, centrado en la estatua del santo.

El gesto enfático fue diseñado para ser leído a distancia, y como el propio escultor explicó, la voluminosa cortina le daría a la figura peso y solidez en medio de tales decoraciones espléndidas. El padre del escultor era un bordador en la ciudad de Alcalá la Real, y el gusto del hijo por textiles ricamente decorados debe haberse desarrollado temprano en la vida. Tradicionalmente, la escultura española de este período fue pintada por especialistas distintos del tallador. Los patrones y colores pintados relativamente simples de esta figura solo realzan la potencia del tallado.

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