El cementerio de Frailes

La mejor manera de conocer el espíritu de un pueblo es visitar sus cementerios. Esa frase fue pronunciada por el poeta Rafael de Cózar, en una conferencia en el Paraninfo de la Universidad de Sevilla. Y siguió. “Siempre que voy a una ciudad, siempre que visito un país que no conozco, me dirijo a sus camposantos, porque hay culturas apolíneas, y otras dionisiacas, y eso queda dicho en los cementerios, porque la manera de entender la muerte explica mucho más sobre cómo las naciones celebran la vida, que la vida misma”. Ningún museo dice tanto de una cultura como un cementerio, porque en los cementerios se expone el más alto tesoro: las personas.

Rafael de Cózar falleció recientemente tras declararse un incendio en su vivienda. Perdió la vida porque trató de salvar sus volúmenes más preciados. En lugar de ponerse a salvo, optó por conservar sus libros. Y murió así. Ejemplificando su propia teoría. El propio final de las personas demuestra la manera en la que se ha vivido. Porque somos de un lugar, pero no de origen, sino de destino.

Si los cementerios norteamericanos están señalizados con sistemas de ejes cartesianos, y en México confluyen las flores, la comida y las lápidas, ¿qué demuestra el cementerio de Frailes de nuestro pueblo? Lo que justifica esta memoria que presentamos es precisamente su carácter simbólico. Nuestro cementerio siempre está abierto. Y eso demuestra, precisamente, el modo de vivir y de sentir de un pueblo. Carece de horario de apertura porque los fraileros somos personas abiertas, cercanas, dispuestas para todo, en todo momento.

Del mismo modo, el respeto. En el margen izquierdo del río de las Cuevas, descansan los restos de personas de diferentes ideologías y creencias. Ya sea la tumba del hijo de Custodio Pérez o de las familias Medina, Valverde o Castro, el pueblo respeta (y representa) por igual a todos sus difuntos. Conectan en la misma tierra las simientes que reconcilian las heridas abiertas de la historia. “La gente solo muere cuando se la olvida”, dijo Isabel Allende, y refleja que en cualquier recuerdo fúnebre las ideologías se desdibujan, pues todo queda sepultado por el mismo cielo.

Tras pasar la inscripción que da la bienvenida al recinto, y que evoca el primer lustro de los años treinta, un camino central introduce una variable de pendiente. A ambos lados, se reparten las inscripciones y los recuerdos, los ecos de un pasado colectivo, desde figuras como la del Deán de la Catedral de Madrid. A su lado, los cipreses. Enhiesto surtidor de sombra y sueño. Valores como la angustia y como la inmortalidad, sentimientos humanos, y universales. Tamizados desde la iconografía cristiana, alcanzan en Frailes una significatividad universal.

Nos encontramos en la calle Carboneras. La encina del escudo de Frailes conecta con el carbón, del mismo modo en el que los tejidos vivos devienen en las cenizas. Porque todo es cíclico, como las mareas, presentes en el escudo a través de las olas, como los giros lunares, y como la existencia misma. ¿Por qué reivindicamos el cementerio? Porque descansa en él nuestro corazón, el alma misma de nuestro pueblo. Porque actúa como lugar de recogimiento, amparando nuestro dolor, convirtiéndolo en esperanza, porque en él han compartido lágrimas diversas generaciones, dándole un sentido colectivo al duelo individual.

No debe perderse de vista que es nuestra localidad un canto infinito a la naturaleza. En nuestro lema, en la esencia misma de nuestras calles, se encierra la pasión misma por el paraje que nos concita. ¿Qué lugar mejor para el recogimiento que aquel que descansa en la raíz misma de la naturaleza?

Desde los ecos alfaquíes del mismísimo Abu l-Hasan Alí b. Ismail, pasando por los usos afrancesados, al albur del crecimiento posterior de la ganadería y de la rica y variada agricultura de la comarca, en todo momento las cruces blancas, las losas firmes, las inscripciones que mezclan el recuerdo y la melancolía, recogen la identidad de los oriundos y de los viajeros. Se encierran fuegos nuevos en la mirada de los jóvenes, de las generaciones nuevas, de todos los estudiantes universitarios, de todo aquel que siente a Frailes en su interior, desde donde ha crecido, y hacia donde regresa, con la mirada nueva de la primavera.

Por ende, ¿por qué realizamos esta apuesta por el cementerio de Frailes? Porque es un símbolo, porque dice de nosotros más de lo que nuestras palabras pueden trasmitir. Porque resulta un tributo a las personas, y un atributo de nobles ideales, que yacen bajo su disposición. Porque la luna brilla diferente entre los cipreses, y se queda anclada, sin querer marcharse, como dijo el poeta. Elegimos el cementerio porque mezcla lo natural, lo físico y lo espiritual, porque recoge las verdades mismas de nuestro escudo.

Hacemos esta apuesta porque supone apostar por la vida, que es la muerte. Como dijo Borges, en suma, “la muerte es una vida vivida. La vida es una muerte que viene”.

 

 

 

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s