María: mujer, discípula y madre

In memoriam de mi madre, Dolores Cano Garrido, a la que amamos en el cielo como la hemos amado en la tierra.

María resplandece ante la Iglesia como la mujer que confía en el Señor, ella será la mujer elegida para ser la madre del Salvador, del Redentor, luego su figura cobra especial relevancia en la Iglesia, y es por ello que, acercándose la festividad de la Inmaculada Concepción vamos a intentar una aproximación a la figura de la mujer, la discípula y la madre que durante dos mil años ha sido objeto de debate y admiración por creyentes y ateos.

La mujer en la época en la que vive María, en  Palestina, los roles de género están muy marcados socialmente: públicos y sociales para el hombre, privados y hogareños para la mujer. La mujer en la sociedad judía es entendida como un objeto (no necesariamente en sentido despectivo) más que como un sujeto. Su palabra no tiene valor alguno, se las considera entre las propiedades del hombre: padre, hermano, esposo. De la manera de ser y de actuar de la mujer depende en gran parte el honor de la familia, así pues en este contexto, la virginidad se considera dentro de la categoría de la honorabilidad del varón; del mismo modo es valorada la maternidad, las mujeres judías son valoradas por el número de vástagos, sobre todo varones, que son capaces de engendrar y criar. María de Nazaret, como madre, y madre muy joven, volcaría hacia el hijo, como cualquier mujer de su tiempo y de su cultura, todas sus posibilidades de existencia. Existir para ella, era ser la madre de Jesús. (Lc. 2, 41-51).

 

Ser la madre del Hijo de Dios es una cosa, y ser discípula del Señor es otra. María tendrá que hacer el camino de todo creyente; el arduo camino de la fe y del discipulado. De ello dan fe los evangelios, y es a ellos a los que nos remitimos para mostrar el rostro que María asume como discípula.

 

En Marcos (3, 31-35) nos sitúa ante una escena que debió ser impactante, no solo para la madre, sino para el resto de los protagonistas. “Ahí tenéis mi madre y mis hermanos. Pues el que hiciere la voluntad de Dios, este es mi hermano y hermana y madre(vv. 34-35). La figura de la madre queda realzada frente al resto de los parientes. En este texto marquiano, emerge la figura de María como el paradigma del discipulado y del seguimiento; pero quizás en (Mc. 6, 3) María es nombrada explícitamente como discípula. El narrador nos sitúa en la sinagoga de Nazaret y la predicación de Jesús ha dejado perplejos a sus conciudadanos: “¿No es este el carpintero, el hijo de María y hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón?….

 

El evangelio de Mateo, escrito hacia el año 70 d.C. presenta su testimonio a cerca de la persona de María en dos bloques: el primero es el llamado evangelio de la infancia (Mt. 1 y 2), el segundo se sitúa dentro del contexto del ministerio público de Jesús (Mt. 12, 46-50 y 13, 55). Mateo presenta una genealogía del todo original, tomándose la libertad de incluir en la lista de los ascendentes de Jesús a cuatro mujeres (Tamar, Rajab, Rut, Betsabé) que son conocidas en el Antiguo Testamento en su calidad de extranjeras y pecadoras. Mateo intenta, del modo mas humano y razonable que puede, dar veracidad al cumplimiento de las promesas echas por Dios. Con todo, la concepción en el seno virginal de María y el nacimiento de Jesús de la estirpe de David, se hunde en el insondable abismo del Misterio divino. En este evangelio, nos quedamos sin conocer como vivió María el acontecimiento central porque el co-protagonista es José y no ella.

 

Lucas, al contrario de Mateo, asume en su narración la perspectiva de María. A través de ella, el autor nos va haciendo participes del acontecimiento salvífico que va a realizar con su colaboración activa. María cierra el tiempo de las promesas y de la espera e inaugura los tiempos nuevos de la salvación. Pero a María no se le ahorrará el sufrimiento del discipulado, al contrario, sufrirá en su propia alma el desgarro que supone la conversión, el paso de su fe judía a la fe en el Hijo: cristiana. (Lc. 2,19-51) y (Lc. 2, 22-40).

 

En Juan desde el principio (Jn. 2, 1-12) hasta el final (Jn. 19, 25-30), María está presente en los acontecimientos que entrelazan la vida pública de Jesús y siempre junto a los discípulos de éste. María concluye al pié de la cruz el aprendizaje que inicia en la fiesta de Caná. Desde ese momento puede ser madre de los hermanos convocados por su Hijo, madre del nuevo y definitivo Pueblo de Dios nacido de la Pascua de Jesús. En Juan (Jn. 19, 27) pone de relieve el papel que le corresponde realizar a María en la comunidad de los seguidores del maestro: María, la mujer, es madre del discípulo y el discípulo hijo de esta.

 

María es la mujer capaz de asumir la maternidad divina en términos de diálogo y de relación con Dios y no de mera dependencia de él.

 

Como afirma Rhaner, por María se introduce el tema de la cooperación humana en la salvación divina. Los católicos aceptamos que el creyente puede y debe colaborar en su salvación disponiéndose activamente en ella. El “Hágase” es realmente una entrega y una tarea, no solo de María sino de cada una y cada uno de los creyentes, de cada uno de nosotros.

 

 

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