LA MUERTE EN NUESTRA CULTURA JUDEOCRISTIANA

El ser humano busca ir más allá en esa incógnita que es la muerte y hemos procurado darle una explicación válida desde el inicio de nuestra existencia. Es precisamente la explicación que demos a la muerte, fundamentalmente por medio de la religión, la que nos hace temerla en mayor o menor medida. En ciertas religiones, como la judía, la cristiana, o el islam, el final de la vida terrenal es resultado de un castigo divino. Un castigo que conlleva, por tanto, ciertas connotaciones negativas. Lo mismo ocurría en las civilizaciones griega y romana, donde la muerte se explicaba como un castigo de los dioses a Prometeo, para vengar que este hubiese entregado el fuego a los humanos. En el momento en que tomamos la muerte como un concepto negativo, un castigo, pese a que más tarde afirmemos que existe una vida más allá, la perspectiva de la muerte es en sí misma aterradora. Igual a un niño que rompe el jarrón de su casa y espera en el sofá a que su madre regrese para recibir una regañina. Temeroso. Aunque después de la regañina, su madre le hará la merienda y terminará por perdonarle.

El color negro y el dolor, mitigados por la esperanza de una vida eterna, escenifican los enterramientos de dichas culturas. El castigo, aunque esperanzador porque siempre cabe la opción de una vida eterna, se ha cumplido. Y empujados por la idea de que el alma volverá a tomar forma en el cuerpo del difunto tras el fin de los tiempos, entierran el cuerpo en vez de incinerarlo y destruirlo.

¿Qué tienen en común las diferentes perspectivas sobre la muerte? Solo una y la más importante: la necesidad de hacer el bien. Ya sea para no ir al infierno, reencarnarnos en un cuerpo superior o ser un espíritu bueno que proteja a la familia y no la martirice. Incluso el ateísmo aboga por la bondad para hacer del mundo físico, el único que contempla, uno más amable a la vida. La pregunta de qué habrá en el más allá es una marcada por la fe en las diferentes creencias y la esperanza en un plano espiritual, cada una interpretada en función de su relación con la muerte y sus fuentes religiosas. Pero este aspecto acerca de la bondad y el amor es inamovible en todas ellas. No importa la cultura, la religión, el dios, todos nosotros tenemos la excusa perfecta para regalar nuestro amor. Con eso nos basta hasta que descubramos la respuesta.

La cultura es la mayor conquista de la mortalidad. O dicho de un modo edificante: La muerte nos hace cultos. ¿Reconfortados, pues, con ello? Claro que no. Así son de funerarias las cosas humanas con cultura o no. Sin muerte no habría cultura, pero… ¿seríamos inmortales llegando a ser radicalmente incultos? Tampoco. Morimos de todos modos, sabiendo más o menos, rezando menos o más. Lo único interesante de este baile cultur/tanático es el cambio de música que históricamente ha presidido esta íntima relación.

La Humanidad habría vivido su muerte de muy diferentes maneras. Durante la época premoderna la muerte, se hallaba domesticada, naturalmente inscrita entre los enseres domésticos. Se moría en compañía familiar, se moría con la tribu del vecindario, se moría a granel con la peste, el cólera o cualquier sevicia que se llevara un pueblo entero al cementerio como un gran acontecimiento municipal más. Perder esta comunitaria manera de morir y enfrentarse a la muerte en solitario constituyó un trance durísimo con la llegada de la modernidad.

¿Qué ocurrió entonces? Pues que en plena dominación del mundo y su naturaleza, gracias al triunfo de la Ilustración, nada parecía resistirse a la razón, excepto —claro está— la sinrazón de morir obstinadamente. Frente a ello, sin embargo, fue ideada una estratagema que todavía persiste en nuestra actualidad. Algunos autores la llaman deconstrucción de la mortalidad y su lema sería: Ya que no podemos tragar el tremendo suceso de la muerte, troceémoslo. Una enfermedad, un accidente de tráfico, un suicidio, un error médico, una mala pata, serían sus porciones.

No se moriría, pues, por ser sino por no haberse cuidado, por beber, fumar o conducir distraído. ¿De qué ha muerto?, ha sido la interrogante clave hasta la reciente posmodernidad. No se moría sencillamente por ser sino por cualquier cosa que sobrevenía.

Todavía hoy compartimos esta deconstrucción de la mortalidad pero lo hacemos ya junto a la nueva fórmula que conlleva la deconstrucción de la inmortalidad. Con este último tratamiento se procura que cada momento no parezca derivado del anterior; que no haya, en fin, historia sino presentismo, ni tampoco proceso sino instantaneidad. Cada intervalo será intercambiable por otro y, como en la moda, todo lo que hoy parece vetusto volverá a ser cool unas temporadas después.

No hay una pareja para toda la vida con quien embolicarse hasta el fin sino muchas muertes amorosas que, a fuerza de repetirse, pierden valor trascendente y promueven la creencia de la inmortalidad romántica. Igualmente, en los medios, una noticia arrambla con la anterior, un sobresalto se sobresalta con otro y siempre, día a día, sigue habiendo una primera página.

Igualmente, todas las obras son ya tan primeras como reproducibles. Los originales nacen a la vez que las copias y los objetos cambian su veloz obsolescencia por la veloz innovación. La terrible espina del fin (fin espinoso) no se traga pero en su lugar aparece una elegante inmediatez, la fama o el best seller que anula a los anteriores, la pareja inaugural que disuelve a la otra, el trabajo o la residencia cambiante que hace creer en una vida lubricada e indefinida sin que nada le ponga la definitiva zancadilla para caer, de bruces, secamente, en la sepultura fatal.

Finales de octubre… calaveras de todos los tamaños y colores en las tiendas, telarañas y calabazas, esto es lo que podemos ver estos últimos años cuando se acerca el día de Todos los Santos o el día de los Santos Difuntos, o como lo conocen en otros países, Halloween. Seguro que todos hemos oído (o incluso hemos dicho) que esta celebración, relacionada con la muerte o los fallecidos, no tiene nada que ver con nuestras tradiciones. Sin embargo, las calles llenas de puestos de flores, cementerios abarrotados de visitas de familiares a sus seres queridos, velas encendidas todo el día… todo esto quizá suene más a lo que estamos acostumbrados a vivir en estos primeros días de noviembre en España.

El duelo en diferentes culturas

Podríamos hablar de infinidad de diferentes rituales, de hecho, si revisáramos todos estos eventos culturales, nos daríamos cuenta de que hay, probablemente, tantas celebraciones de este día como visiones diferentes sobre el concepto de muerte.

Todos entendemos que cuando alguien muere, se produce una pérdida y con ella, una respuesta emocional en nosotros, el duelo. Durante el período de duelo se producen diferentes procesos tales como reubicación de la persona que ha fallecido, adaptación a las situaciones de nuestra vida en la que ya no está, expresión de nuestro dolor… No obstante, cómo entendemos y elaboramos esta pérdida, es decir, cómo vivimos el duelo, va muy asociado a nuestra localización geográfica.

Por ejemplo, en la cultura occidental, donde se fomenta el apego por lo material, cuando un ser querido fallece, se celebra un funeral en el que se le honra. Este apego por lo material nos empuja a intentar conservar o retener, sobre todos los medios nuestros bienes físicos, nos impide soltar o dejar ir aquellas cosas por las que hemos desarrollado afecto, sean situaciones, objetos o personas. Esto podemos observarlo en la situación del funeral, en la que generalmente, todo lo que rodea a este rito tiene un tinte triste y melancólico. Todos reconocemos el significado de una persona (últimamente, sobre todo personas mayores) vestida completamente de negro. El luto, ese tiempo en el que se adoptan costumbres como vestir de negro o no acudir a ciertos eventos festivos, es otra forma de demostrar la tristeza que se siente por la pérdida del ser querido, incluso pasado un tiempo.

Sin embargo, vayámonos a México, por ejemplo. En este país cuando se celebra el Día de los Muertos, las calles se llenan de color y de figuras de esqueletos adornados con flores para honrar a los que ya no están. A diferencia de cómo lo vivimos nosotros, comida, bebida y música son ingredientes que no pueden faltar para recordar al ser querido en esta gran fiesta. Incluso los niños están familiarizados con el tema de la muerte, algo que en nuestra cultura, a día de hoy sigue siendo un tabú.

Como sabemos y la mayoría de nosotros habrá experimentado, cómo se supera la muerte de un ser querido depende de diferentes aspectos. El duelo varía en función de cómo ocurrió y qué rol tenía esa persona en nuestras vidas, pero también aspectos relacionados con nuestros recursos personales.

Algunos de estos recursos personales a los que tenemos acceso pueden ser nuestra resiliencia o capacidad de hacer frente a las situaciones adversas, el cuidado de nuestra salud mental, nuestra capacidad para expresar y canalizar nuestras emociones y, lo queramos o no, nuestra cultura.

Es muy probable que los niños mexicanos que hemos comentado, que están familiarizados con el proceso de muerte, puedan reaccionar de una forma más adaptativa ante la pérdida de un ser querido. Perder el miedo a hablar sobre el tema, permitirnos incluirlo en nuestras conversaciones, acercarnos al concepto de pérdida, puede ayudarnos a desarrollar cierta aceptación que nos sirva de ayuda cuando tengamos que enfrentarnos a un proceso tan duro como es el de perder a una persona cercana.

En este sentido, dejar atrás la cultura del apego y el tabú que se ha generado en torno al tema de la muerte, puede ayudarnos a encontrar un punto intermedio en el cual nos permitamos expresar nuestro dolor y aceptar la pérdida como un proceso inevitable.

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